sábado, 12 de mayo de 2012

Elle l'appelle son Spectre

Dominado el espacio que nos envuelve, sólo el tiempo queda como una puerta que cambia de dirección constantemente. Unas veces se abre hacia el pasado, otras, se consiguen llaves que nos determinan puertas de futuros. Esto nos convierte en viajeros. Viajeros grises en busca de energía.
Instantáneas carentes de color nos envuelven, enlazan nuestros ojos a nuestros oídos, nos transportan al muelle donde un niño contemplaba antaño la ida y venida de barcos, su ajetreo, su alegría aparente. Una mujer sonríe, algo ocurre, el mundo será de nuevo un lugar extraño.
Bajo tierra susurros conspirados, hombres convertidos en herramienta, muerte o... locura.
En otro tiempo, un pasajero extraviado encuentra a la mujer que aparece en sus sueños, que sonríe, respira, escucha, permanece, espera. El plácido exterior, en el que ella vive, al que él siempre vuelve sin conocer si es una realidad o una nocturna ensoñación recreada en el subterráneo y oscuro presente que vive en el futuro que ya ha pasado.
Una intención, aferrarse a la puerta que abrió a un pasado en el que nunca ha vivido, el muelle en el que desearía ver cómo pasa la eternidad, junto a su compañía. Aquella compañía risueña.
Pero siempre debe pasar por el mundo que se relatan a través de susurros, el tosco presente donde no se puede encontrar.
Un viajero que se convierte en pieza, la clave para existir, conocer el camino exacto como trampa en contra del destino evolutivo.
Hay una última vez, ella lo disfruta, él lo controla, ambos comparten ese feliz momento, ella acaricia su pelo, él la observa ante ese gesto natural. Pero ninguno conoce que no existirá otra ocasión como esta.
Una vez dominado el pasado sólo es un guía que irá a otro futuro, un pacífico y mental planeta donde queda atrás toda lucha física y donde consigue la razón de sus viajes, algo de claridad en tan angosto presente.
Pero ¿dónde queda ella cuando sólo existe la muerte para él? Un pasado fue el futuro, que encontró en ese muelle donde se ven los barcos arribar al viajero niño, al viajero adulto, a la preciosa mujer y el final de todo lo conocido.
Ella duerme, qué icono personal puede resultar más placentero que observar en silencio cómo alguien duerme. Ella despierta, parpadea, no se extraña al sentir que alguien velaba sus sueños, porque ella se ha acostumbrado. Acepta a aquel viajero que aparece y desaparece, charlando y callando con ella.
Desaparece, pero se queda siempre junto a ella, sin presencia, en esencia.